74SSIFF: Filmar lo que no se recuerda
Fotograma de “Seis meses en el edificio rosa con azul” (Bruno Santamaría Razo, 2026)
¿Qué hace un cineasta cuando quiere procesar algo que apenas recuerda? Lo recrea y lo filma. O, al menos, eso es lo que hacen Nitya López Saitua en Simulacro (2026) y Bruno Santamaría Razo en Seis meses en el edificio rosa con azul (2026), dos de las películas que más me han interesado de la 74.ª edición del Festival de San Sebastián. En ellas, aunque cada una cuenta una herida familiar distinta, ambos directores regresan a un episodio de su infancia, marcado por sus relaciones con sus padres, para tratar de llenar los huecos que ha dejado su propia memoria.
Simulacro (Sección Zinemira), debut de Nitya López Saitua, cineasta vasco de tan solo 30 años, recrea la ruptura de sus padres. Pero, la película no se limita a reconstruir ese episodio, sino que hace visible el propio proceso de reconstrucción, convirtiendo así al espectador en testigo. La cinta parte del regreso del propio Nitya a la casa de su infancia para recrear, con actores, la discusión que provocó la ruptura de sus padres cuando él tenía cuatro años. A medida que avanza, la película intercala esas recreaciones con escenas en las que él mismo dirige a los actores (interpretados por Iraia Elias y Miquel Garcés) y les da indicaciones fuera de escena. Con ello, asistimos a un rodaje que revela su propio artificio, algo parecido a lo que hace Nathan Fielder en The Rehearsal (2022-), donde la preparación y la representación de situaciones forman parte del propio relato.
Fotograma de “Simulacro” (Nitya López Saitua, 2026)
Simulacro (Sección Zinemira), debut de Nitya López Saitua, cineasta vasco de tan solo 30 años, recrea la ruptura de sus padres. Pero, la película no se limita a reconstruir ese episodio, sino que hace visible el propio proceso de reconstrucción, convirtiendo así al espectador en testigo. La cinta parte del regreso del propio Nitya a la casa de su infancia para recrear, con actores, la discusión que provocó la ruptura de sus padres cuando él tenía cuatro años. A medida que avanza, la película intercala esas recreaciones con escenas en las que él mismo dirige a los actores (interpretados por Iraia Elias y Miquel Garcés) y les da indicaciones fuera de escena. Con ello, asistimos a un rodaje que revela su propio artificio, algo parecido a lo que hace Nathan Fielder en The Rehearsal (2022-), donde la preparación y la representación de situaciones forman parte del propio relato.
Es precisamente esta fabricación del propio recuerdo lo que conecta Simulacro con Seis meses en el edificio rosa con azul (Sección Horizontes Latinos), donde Bruno Santamaría Razo también evoca los escasos recuerdos de su infancia para enfrentarse a ellos. Sin embargo, encuentra otra forma de hacerlo: mientras que Nitya aparece en cámara principalmente para dirigir a los actores que interpretan a sus padres, Santamaría Razo pone en escena al niño que fue a través de un pequeño Bruno, interpretado por Jade Reyes, cuyas reacciones y relación con sus padres sí vemos.
Tal y como hizo Charlotte Wells en Aftersun (2022), –o incluso Carla Simón en Romería (2025)–, Santamaría Razo parte de los recuerdos de su propia infancia para construir, ya a los 40 años, una película autoficcional sobre aquello que de niño no pudo comprender. Concretamente, regresa al momento en el que a su padre le diagnosticaron VIH, algo que alteró la dinámica de su familia y que coincidió con el primer enamoramiento del protagonista, con su mejor amigo. Lo que podría ser una película dramática está, sin embargo, atravesado por la mirada inocente de un niño que todavía no comprende lo que ocurre a su alrededor. La casa familiar es recordada por el cineasta como muy colorida y festiva, y la película incluye toques de humor incluso en los momentos más inesperados. La enfermedad de su padre convive así con la celebración, el juego infantil y el descubrimiento del primer amor.
Fotograma de “Seis meses en el edificio rosa con azul” (Bruno Santamaría Razo, 2026)
Pero es en ese momento cuando el VIH adquiere otra dimensión: Bruno empieza a reconocer su propia homosexualidad al mismo tiempo que interioriza la asociación entre el VIH y la homosexualidad que le transmiten los spots televisivos de prevención, imágenes que parecen emerger de la propia memoria infantil del director. El peso de aquel imaginario fue tanto que, tal y como contó Santamaría antes de la proyección, tardó muchos años en hablar sobre su sexualidad con su familia, a pesar de haber crecido en una familia poco convencional y abierta de mente.
El tono luminoso –y en ocasiones festivo– de Seis meses en el edificio rosa con azul, difícilmente podría trasladarse a Simulacro, que por su propia naturaleza formal y narrativa impone un dramatismo distinto. En vez de incluirse a él mismo de niño, Nitya regresa como adulto a la casa familiar para –junto a los actores– reconstruir aquello que quedó fuera de su campo de visión. No hay, por lo tanto, una mirada infantil desde la que volver a experimentar la ruptura de sus padres, ni recuerdos a los que poder aferrarse: el cineasta vasco solo puede imaginar qué sucedió entre sus padres mientras él estaba al margen. Allí donde Santamaría puede recuperar la experiencia del niño y hacer convivir el dolor con el juego, López Saitua solo puede acercarse a aquello que no vio –y que, aun así, todavía le causa tanto dolor– poniéndolo en escena.
Fotograma de “Simulacro” (Nitya López Saitua, 2026)
A pesar de estas diferencias, las dos películas utilizan mecanismos sorprendentemente similares para construir sus dispositivos. Tanto López Saitua como Santamaría Razo entrevistan a sus padres en la actualidad y acuden a vídeos del archivo familiar para aproximarse a aquello que recuerdan de manera fragmentada. En Seis meses en el edificio rosa con azul, de hecho, la presencia de la madre real de Bruno introduce desde el principio una dimensión documental. En sus conversaciones, el cineasta le pregunta por aquellos años, y se establece un diálogo entre el presente y el pasado: entre el adulto que trata de reconstruir su memoria y el niño que vemos en pantalla. Algo muy parecido ocurre en Simulacro, donde las conversaciones con sus padres también forman parte del proceso de reconstrucción y sirven para contrastar los recuerdos propios con los de quienes vivieron la ruptura en su propia piel. La memoria de los padres se convierte así en una pieza externa del puzle que ninguno de los dos podía completar por sí solo, al tiempo que hace posible abordar cuestiones y formular preguntas que hasta la edad adulta no se habían sentido capaces de plantear.
Con los vídeos caseros, los dos añaden otra dimensión a sus procesos. Como le ocurría a la protagonista de Aftersun, es desde la edad adulta cuando esas imágenes adquieren nuevos significados, al volver sobre momentos de una infancia que no comprendieron del todo. Pero las grabaciones no siempre ofrecen respuestas, y es ahí donde la recreación cobra sentido, pues permite imaginar aquello que las imágenes no muestran y volver sobre preguntas que han permanecido abiertas durante años. Quizá resida ahí la dimensión sanadora de ambas películas: no en recuperar el pasado tal y como fue ni en cerrar definitivamente las heridas, sino en ponerlo en escena para poder mirarlo desde otro lugar, con la distancia que da el tiempo. Y, a veces, eso es lo más parecido a sanar.