Ser mujer es devenir fantasma
Fotograma de “El sonido de la caída” (Mascha Schilinski, 2025)
¿Qué es lo que pasa de generación en generación? Pareciera que hay algo que permanece, algo que flota con el polvo en el aire y que, al depositarse, se sedimenta. El sonido de la caída (Mascha Schilinski, 2025) trata en gran medida sobre estas permanencias. Retrata a varias generaciones de mujeres que habitan la misma casa en cuatro momentos históricos distintos (1910, 1940, 1980, 2020), y en cada una resuenan las vidas anteriores mientras se repiten gestos, vivencias, e incluso parecen tener destellos de recuerdos que no son suyos. Frente al tiempo que se disuelve a través de las décadas, es el espacio lo que las une; y este espacio está atravesado por la violencia. Como escribe Maggie Nelson en Los argonautas (2015), la “mismidad” que une a las mujeres no es otra cosa que “el saber compartido y apabullante de lo que entraña vivir bajo un patriarcado.”
En una forma de condensación final de esta violencia, la muerte ronda a estos personajes, los acompaña o los acecha. La cámara se concentra a veces en planos cortos de sus cuerpos y los descontextualiza para invocar presagios de muerte. En 1910, una criada cae al suelo, y nos detenemos en sus pies inmóviles boca abajo. En 2020, una de las niñas se sumerge en el río, y lo que observamos son sus brazos inertes meciéndose con la corriente. Todas estas mujeres, desplazadas del centro de su propia vida, están siempre a punto de convertirse en fantasmas.
Angelika desapareciendo en “El sonido de la caída” (Mascha Schilinski, 2025)
Quizá en ningún momento sea esto tan evidente como cuando intentan capturarlas en fotografías. En 1910, la pequeña Alma encuentra una foto post mortem de una hermana fallecida, también llamada Alma. Tras el cadáver, que parece dormir, está la figura de su madre en movimiento, tan difuminada que es casi irreconocible. En 1980, la familia de Angelika intenta tomar un retrato de todos, una estampa idílica que disimule los abusos que ocurren en su seno. En el último momento, ella sale corriendo, y la imagen la capta en la huida como una mancha borrosa (un espectro). Esta disolución, además, se materializa: Angelika desaparece en la imagen y en la realidad. Renuncia a formar parte de la falsa imagen de familia feliz, y en el mismo gesto huye de ella.
Casa #3, de Francesca Woodman (1976) © Woodman Family Foundation
Estas imágenes de la desaparición recuerdan a las fotografías de Francesca Woodman (1958-1981), en particular a su serie Casa (1975-1976). La fotógrafa norteamericana trabajaba con largas exposiciones y dobles exposiciones para autorretratarse como un cuerpo en disolución, que se transparenta y deshace. Las fantasmagorías de Woodman son una presencia-ausencia, y esta paradoja también les da un doble sentido. Capturan la identidad suspendida del cuerpo femenino al que se le niega la agencia sobre sí mismo; pero, en el mismo gesto de retratarla, se hace cargo y dueña de esta desaparición. Woodman pregunta: “¿Estoy en la foto? ¿Entro o salgo de cuadro? ¿Podría ser fantasma, animal o cadáver, y no solo una chica de pie en una esquina...?” La desaparición, el devenir fantasma, como para Angelika, es la forma de ser más que una misma y de escapar a la estructura de opresión.
Casa #4, de Francesca Woodman (1976) © Woodman Family Foundation
Al disolverse, los cuerpos también se confunden y se vuelven uno con los espacios. Woodman hace su cuerpo translúcido hasta que se confunde con las paredes que la rodean, que están a su vez plagadas de manchas y marcas de desgaste por el paso del tiempo. Casa y cuerpo son capas de un mismo palimpsesto. Desde esta misma perspectiva, podemos entender mejor qué es lo que permanece en la casa de El sonido de la caída: si las mujeres que la habitan se convierten en fantasmas, estos son después ecos que resuenan a través de las décadas. La casa se vuelve una caja de resonancia, donde podemos escuchar lo que si no serían voces perdidas en la historia. Y así, a través de la fantasmagoría, Mascha Schilinski y Francesca Woodman articulan lo inarticulable: la existencia femenina como presencia ausente, vida espectral. Por eso sus obras en sí mismas adquieren también una cualidad misteriosa, donde el sentido final parece esconderse siempre un poco más allá, como una presencia que atisbamos por el rabillo del ojo, pero que ya no está ahí cuando nos damos la vuelta.